La puerta abierta

Relato breve escrito por la periodista Gema Eizaguirre

La puerta abierta

A la puerta, estáticos nos quedamos mirando hacia el interior, desconcertados, pensativos, al desconocer ‑al menos yo‑ si volvería a traspasar la puerta de regreso.

Toda la vida la habíamos pasado juntos y ahora parecía que llegaba la hora de la despedida, sin haberla preparado, sin pensarlo ni nada…; así de golpe y porrazo. Es cierto que en mi cabeza siempre había estado presente ese momento del adiós, flotando en una nebulosa imprecisa e inquietante. Pero ahora sí que parecía ser el “The End”, escrito en una pantalla inmensa, con letras blancas sobre fondo negrísimo, como en las películas antiguas. Había llegado la hora de separarnos. Un escalofrío me atravesó el cuerpo de un extremo a otro.

Luigi estaba a mi lado, con la mirada perdida hacia el horizonte y las orejas bien tiesas al techo. No había reaccionado todavía, estaba en “shock”; ni siquiera le molestaban las personas que entraban apresuradas y que casi le pisaban; más parecía que el mínimo contacto le produjera compañía y cierto alivio. Tras un largo rato, Luigi se giró hacia mí y me dijo con tono desolado:

-No me lo estoy creyendo. ¿Quién me protegerá ahora? Hemos pasado tantos años juntos, siendo mi hermano mayor. Él me defendía ante los insultos y risas de todos.

Me miró con complicidad y prosiguió:

-Los bajitos no gustamos a nadie, y menos aún si somos torpes con la pelota ¡Mierda de juego ese!; lanzó un aullido corto que hiló con un tímido lloriqueo que sonó super raro.

Verdaderamente, todo lo que estaba sucediendo era nuevo y extraño para todos.

Luigi, Rosca, yo formábamos una familia con Hugo. Él nos llevaba a todas partes; todos juntos formábamos un gran equipo. Cada uno con sus cosillas claro: uno que enseguida lanzaba la zarpa o hincaba el colmillo un poco más fuerte de los permitido, el del pis en la manta del otro en plan venganza, los mordisquitos en la pata de la mesa del comedor… pero luego nos calmábamos; la mayoría de las a veces gracias a la ayuda de Hugo‑; y al final todos volvíamos a ser amigos.

“Qué no somos ángeles, ¿o alguno nota que le hayan crecido un par de las?”, nos recordaba a menudo. Bueno, Luigi sí que las tuvo una vez.

-“Qué no somos ángeles, ¿o alguno nota que le hayan crecido un par de las?”, nos recordaba a menudo.

Bueno, Luigi sí que las tuvo una vez. Se las pusieron para carnaval. Aunque al final entre unos y otros nos la acabamos comiendo. Yo no podía contener la atracción por ese cosquilleo en el hocico que producían esas plumitas blancas. Así que perseguía a Luigi disimuladamente buscando ese gustirrinín.

Rosca prefería darle largos y ruidosos lametazos –no sé a qué le sabrían‑ pero las convertía como en una masa blanca. Mientras Luigi, que siempre hambriento, se comía las de las puntas, dónde alcanzaba.

Al menos una vez al mes íbamos de ruta a la montaña; en la que Luigi o Rosca solían acabar en los brazos de Hugo para ir más rápido.

-“Chiquitín, que no se nos eche la noche”, les decía Hugo cariñoso, mientras les cogía como a un niño con la tripita hacia arriba y haciéndoles cosquillas.

A Luigi y a Rosca les encantaba. Yo a veces les tenía envidia y gruñía. Entonces Hugo me agarraba fuerte mis orejotas acercaba su frente a la mía y luego me daba un sonoro beso.

El madrugar era algo que nos parecía odioso a todos, y sobre todo innecesario los fines de semana; así que siempre hacíamos rutas no muy largas o cercanas a casa. Hugo llevaba en su gran mochila naranja las comidas de todos. Las de Luigui, Rosca yo, en tres recipientes, en diferentes cantidades según tamaños o necesidades. Yo a veces tenía exceso de peso y me ponían un pienso light bastante insípido y “triste” para un bicho tan grande como yo, así que intentaba quitarles su comida a Luigi y a Rosca; a veces se dejaban. Hugo también nos daba parte de sus bocadillos y de su fruta; a mí el pan que es lo que más me puede gustar.

Al fondo apareció una mujer de gris neutro. No era ni alta ni baja, ni flaca ni gorda, sus ropas grises, su rostro también gris.

De pronto, los recuerdos felices se agriaron al volver a la realidad: a la puerta que había atravesado. Al fondo apareció una mujer de gris neutro. No era ni alta ni baja, ni flaca ni gorda, sus ropas grises, su rostro también gris. Pasó a mi lado y me hizo un sonido de esos como para llamar a los animales –con los labios juntos y sorbiendo para dentro, emitir un ruido corto y estridente‑. Sin menear la cola, desplacé mi trasero a un lado, y le seguí con la mirada cuando ya había enfilado la calle. Entonces observé que llevaba un inmenso bolso con una rejilla en el lateral; allí apenas visible, se intuía la cabecita peluda de un cachorro dormido.

De pronto, sentí en mi pecho que brotaba un fino hilo dorado de esperanza. Pero me vino un pensamiento a la cabeza: “A ver Wifi, ¡alma de cántaro!, si pesas 53,4 kilos, dónde vas tú en un bolsito”.

Ese es mi nombre, Wifi, y esa mi despiadada mente siempre dispuesta a machacarte en cuanto me descuide. Pero qué razón tenía, soy grande, muy grande.

De repente caí:

Pero con Rosca y Luigi sí que podría ser; llevarles en un bolso, pero conmigo no.

Volví a mi agujero de tristeza, circular, negro y profundo, en el que ya me empezaba a sentir cómodo o al menos en calma.

-Me quedaré solo, pensé.

Volví a mi agujero de tristeza, circular, negro y profundo, en el que ya me empezaba a sentir cómodo o al menos en calma. Cerré los ojos y me imaginé siempre en esa misma postura, sentado junto a la puerta. Los años pasarían y yo me quedaría escuálido y se me notarían todas las costillas (ni regímenes ni nada, de golpe); luego se me pondría todo el pelo blanco y sucio porque nadie me lavaría; y al final me convertiría en un esqueleto, eso sí reluciente como en los libros de texto, totalmente blanco. Delante de mis patas habría una placa que diría: “Aquí se quedó esperando” y en otro renglón: “Recuerdo del Ayuntamiento a este perro sin dueño ni amigos”

De pronto abrí los ojos, alejé el sueño y retomé la realidad… ¿aunque no sabía cuál de las dos era menos mala?

Miré a Rosca. Ella también se había quedado impresionada por la marcha de Hugo, pero no podía permanecer quieta. A pesar de estar atada, se revolvía en la correa y la mordía con rabia, con movimientos descontrolados y violentos. En un momento temí por ella, siempre era superlativa en todo: ante lo que le agradaba y también ante lo que le enfurecía.

Me dirigí a ella:

-Rosca, como siguas así te vas a romper el cuello… Por qué no te tranquilizas; creo que hay agua en la puerta de la calle.

Me miró y me enseñó uno de sus largos colmillos.

Menos mal que le conocía, así que no me inmuté, aunque me coloqué más atrás, ya en la calle. Yo sí que me animé a beber un poco esperando que ese líquido fuera mágico y me inspirara una solución o algo.

Luigi había estado observando todo sin menear las orejas; seguramente que estaba pensando una solución. Él era muy inteligente, siempre sabía cuándo íbamos a salir al campo, encontraba siempre los calcetines y sabía cuándo alguien sospechoso se acercaba demasiado a nuestras camas.

-¿Wifi?, me llamó Luigui.

-¿Qué? ¿Has pensado qué hacer?, le respondí.

-No, que va, es que me hago pis.

-¿Qué, qué?, le volvía a preguntar sorprendido y enfadado.

-Que me meo.

La correa no le permitía a penas moverse y menos alcanzar la acera de la calle.

De pronto un hilillo amarillo empezó a correr por el suelo y a bajar lentamente escaleras abajo, hacía la zona de cajeros.

No fue el sonido de la alarma la que alertó a todos, sino el grito intenso y estridente de una niña pequeña, que lo descubrió. Todos miraron a las escaleras, primero, y luego a Luigui.

No fue el sonido de la alarma la que alertó a todos, sino el grito intenso y estridente de una niña pequeña, que lo descubrió. Todos miraron a las escaleras, primero, y luego a Luigui.

Algo se digo por megafonía. Entonces como a cámara lenta salido de un cuento fantástico, apareció al fondo la silueta de que podía ser Hugo. ¿Era él? Sí, era nuestro querido Hugo.

Con frondosas cejas grises, barba de varios días y ese gesto inconfundible con un ojo más cerrado que el otro y su media sonrisa permanente. Llevaba sus pantalones vaqueros llenos de agujeros y su inseparable cazadora de cuero negra, ya gastada pero confortable y calentita para las noches de invierno.

Los tres nos levantamos de golpe y empezamos a menear el trasero con tanta fuerza que yo pensé que mi cola saltaría por los aires.

Hugo cogió raudo y veloz nuestras correas y  salió con nosotros en una mano y en la otra una bolsa de pienso light para perros. Junto a la puerta, había dejado, como siempre, un vaso blanco de plástico del que siempre recogía alguna moneda. Recogió el vaso, y todos alegres nos fuimos alejando de esa maléfica puerta abierta.

GemaE

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